Viene y se va. Llega sin avisar, y se marcha sin tiempo a ser despedida.
Aunque en realidad, ni con todo el tiempo del mundo, uno podría estar preparado para despedirla.
A veces eufórica, sin sentido, sin tiempo y a toda velocidad.
Otras como una balada dulce, que parece que vuela, de aquí para allá.
En ocasiones, llena de sueños, metas e ilusiones.
La intentarás estudiar mil veces, pero hasta que no la experimentes, no llegarás a entenderla.
Y digo experimentar, refiriéndome a que rías, y llores. A que vivas de los sueños, sin levantar los pies del suelo. A que grites, corras, saltes y no pares hasta que no te queden fuerzas. A que bailes, y le cantes a la luz de las estrellas, o a la de la luna si quieres sentirte especial. Me refiero a que sientas el calor del sol en verano, y a que te llenes de copos de nieve en invierno. A que te duela la tripa de tanto reír, y a que de vez en cuando, sientas el dolor, para así valorar también todo lo bueno. A que eches de menos, y de vez en cuando de más. A que leas mil libros, y escuches mil y un canciones. A que juegues con la arena, y te calme el sonido del oleaje. A que aprendas a abrigar con tu presencia, y les acostumbres a ti. A que abraces fuerte, y quieras de verdad. Me refiero a que con el tiempo aprendas a confiar, y a valorarte. A que no te falte de nada, pero a que nunca te conformes. A que vueles alto, bien alto.
Me refiero a que experimentes y entiendas, que llegarán a quererte tanto, que las despedidas, se les harán imposibles. Así, como te las describía al principio. Nunca estarán preparados, porque decir adiós, nunca entraba en los planes.
La vida, sí, te hablaba de ella.
AMH